Cruzar el desierto sin cantimplora es complicado, pero sin Moisés de guía, un purgatorio.
Hay quien se incomoda con los graduados sociales, por aquello de que colindan, que no columbran, con la abogacía. Y pugnando por el alfiler, pierden el mejor paño.
Así el abogado ve cómo se instala el o la roca, y mientras el pide una licencia para su cliente que queda al albur de los tiempos, la primera piedra se convierte en rocasimbur. El derribo deviene aleatorio, de café a maletín, donde no cabe el derecho, a lo largo y ancho de miles de kilómetros de costa, y donde no hay costa también. El plan de urbanismo el parto de la mula. El reculo del derecho deviene en el deculo de la profesión.
Seguimos así, con la cantimplora vacía, y pagando al mes y cobrando cuando Dios te manda maná, cuando te ves haciéndole la competencia al administrador de fincas para cobrar por un servicio efectivamente prestado, o metiéndote a API, para cobrar por algo que la gente tiene asimilado.
Mientras la administración se hizo elefantiásica, mientras que la de justicia se quedaba con poco pecho para tanta medalla.
Pero esto está cambiando.
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