Efectivamente Virgilio, o el de su escuela, tenía motivos para llorar. El derecho y toda su parafernalia de togas y puñetas, el despliegue para sentar en el banquillo a los Chiripitifláuticos, no daba para más. Café para todos.
Descafeinado para las conformidades, que se consolida como una atenuante muy cualificada. Algo así como el arrepentimiento "impontáneo".