Otra de las mejoras que Gallardón quería acometer (digo quería, porque el tiempo pasa) era la de liberar el dinero que hay consignado en las cuentas de los juzgados. Sería como traer a esta dimensión, un dinero que parece atrapado en un "poltergeist" judicial, donde pierdes el dinero, los niños, y al final es la abuela la que te salva desde el más allá.
Copérnico le diría que para eso tendría que dejar de mirar la consignación desde el punto de vista actual donde un banco beneficiario paga la mordida al Estado por el dinero consignado in illo tempore, y a devolver ad calendas graecas (el que no sepa lo que son las calendas griegas que mire en el calendario cuándo van a pagar la deuda los griegos) y tendría que ponerse en lugar del justiciable que pierde unos intereses, al mismo tiempo que la salud y el principal.
El giro copernicano es fácil hacerlo desde arriba. Tiene dos fases, la legal que crea las condiciones, y la moral que alienta a todos los implicados.
Para la primera habría que reconocer la metedura de pata de leyes anteriores que crearon cuellos de botella donde no los había, por ejemplo dar vista a todo procedimiento es como obligar a ir en coche a todas las madres para llevar a los niños al colegio a las 9,00 de la mañana en la misma calle.
Y la fase moral es la psicológica, que yo le llamo "la inversión del signo del miedo". Este era el título de un artículo publicado por alguien de Alianza Popular, que ya no me acuerdo del nombre, para explicar lo que tenía que suceder en el Pais Vasco para arreglarlo.
Como el Pais Vasco, al igual que la cuestión polaca, no tiene arreglo, pues me quedé solo con ese título tan sugestivo para cada vez que tuviera que explicar un cambio de mentalidad. Y cambiar la mentalidad de un pais es complicado, es como decir "jóvenes turcos", "modernizar el siglo XIX" o "Tatachán Tatachán", con Tamariz.
Pero ese cambio, que haría imposible que una persona que haya cumplido una condena de un año de prisión por un delito de amenazas contra su esposa cometido en febrero del año 2008, reciba en el 2012 una ejecutoria que le manda entrar en prisión otra vez por un delito de amenanazas contra su esposa cometido en enero de 2008, que había sido suspendido con la condición de no volver a delinquir en el plazo de dos años. Que el juzgado que tenía suspendida la pena tarde en enterarse cuatro años del incumplimiento, eso, que en Cádiz es el pan nuestro de cada día, da miedo. Ese cambio, retomo el hilo después de la concatenación ciceroniana, lo he vivido precisamente en Cádiz, porque Cádiz ha pasado por una transfiguración y es una experiencia que me gustaría compartir.
Me crié en Cádiz capital cuando había un cartel en la entrada que decía "Cádiz, tacita de plata", haciendo referencia a una época dorada donde estaba reluciente. La realidad sin embargo era la contraria, una ciudad de Marruecos podía darle cuatro vueltas. Fachadas sucias, papeles, correr por el espléndido paseo marítimo era como correr por un campo minado de Bosnia, sorteando mierda de perro, incluso cuando hacías footing a las nueve de la mañana a la altura del antiguo cementerio de Amílcar te tenías que tapar la nariz para atravesar una nube de ceniza que ventilaban hacia la playa desde el crematorio. Ya digo, la gente limpiandose el zapato emperrunado en los bordillos era una escena tan normal como tremenda.
Pero esto cambió un día. Un cambio, al mismo tiempo anhelado, que hizo que lo habitual estuviera mal visto, que diera vergüenza no recoger las heces o tirar un papel. Y milagro, lo normal era la calle limpia, como está ahora.
Así que Alberto, llama a tu amiga la chicuca de Cádiz, que te explique cómo consiguió darle la vuelta a Cádiz.
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